Myopia : Una mujer frente a los prejuicios

(Version française sur Africultures) No es sorprendente que el premio de la sección Regards d’ici (películas producidas en Canadá) del festival en línea Vues d’Afrique (17-26 de abril de 2020) haya sido para Myopia de Sanaa Akroud, cuyo título evoca un cuestionamiento de la mirada. La impresionante riqueza de esta película, tanto simple como sutil, puede ser objeto de discusión.

El escenario cabe en una frase: una mujer va a la ciudad para arreglar las gafas del único que puede leer en el pueblo porque ella está esperando noticias de su marido. Fatem vive en una aldea muy remota en las montañas Atlas marroquíes. Con su hija Aïcha en brazos, espera al comerciante que, a lomos de un burro, también lleva las cartas al pueblo. Pero hace ya seis meses, que el marido se fue y la carta no llega. El imán, el único que sabe leer, es miope y ha roto sus gafas. Enfermo, no puede ir a la ciudad para que le cambien los cristales. Reunidos, los habitantes buscan una solución. Las mujeres del pueblo, con su franco hablar, reprochan a los hombres el hecho de que consideren que aprender a leer es inútil. ¿Temen a los competidores o las salidas? A pesar de eso, los hombres huyen cuando se trata de ir a hacer arreglar las gafas. Aunque está embarazada casi a término, Fatem se consagra. Entonces empieza una peregrinación iniciática y edificante en más de un sentido.

Será interrogada por la policía, defendida por una asociación, entrevistada por un periodista… Se la acusa de haber puesto su bebé en peligro, se le hacen preguntas de lo más intrusivas, pero cada uno aplica su propia forma de pensar, miopía de una sociedad incapaz de percibir su diferencia. Policías agresivos, pero falsamente acusados, activistas que la animan a presentar una denuncia, un periodista sensacionalista que transforma la noticia, incluso un ministro que escucha… ninguno de ellos entiende que lo único que quiere es arreglar las gafas.

Su alteridad es la de la paradoja de su vida: la rudeza de la labor cotidiana en la montaña nevada y, por lo tanto, el deseo de un mejor futuro, dedicada a la espera del marido que vendría a buscarla y, así, la carta que daría noticias, pero también la belleza de la naturaleza y la felicidad de su inclusión en esta armonía. Nadie entiende esto tampoco, excepto un hombre que no dice nada, pero sabe escuchar.

Aún más, es la concepción de Fatem de lo que ella dice ser su paso por la tierra que nadie entiende. Todos quieren que tenga una intención, un compromiso o una responsabilidad. Aunque nunca se queja, que le es suficiente que su marido cante cuando está feliz, no es una fatalista, sin ninguna referencia engorrosa a una creencia, sólo la aspiración de una vida menos dura vinculada a una hermosa determinación. Sin juicio: ella es lo que es, y brilla en su sencillez, aún sin poner en tela de juicio las estrictas normas de una vida remota.

Antes de abrir una carta, el imán deja claro que no es adivino, profundamente respetuoso de la autonomía de los demás. No era él quien se oponía a que los niños aprendieran a leer. Esta micro sociedad de montaña es profundamente conservadora pero no es en sí misma a condenar. Se mueve por sí misma según el efecto conjugado de las mujeres y de la necesidad de emigrar para trabajar. Ciertamente, no es para ser idealizada, pero tampoco para ser despreciada: recuerda un pasado olvidado por la amenaza de la modernidad. Una de las raras sonrisas de Fatem será para un extracto de Tempos Modernos en la sala de espera del médico en el cual Chaplin se hace ingerir por los mecanismos del trabajo en serie.

Fatem mira fascinada las pinturas murales que representan la variedad de rostros, especialmente de un hombre negro: la diversidad del mundo. Ha salido poco de su pueblo, pero no sufre de la miopía de los que quisieran que todo encajara a su visión. Estas entrevistas, que suenan como interrogatorios y dan a la película una fuerte connotación documentaria, permiten a Fatem de explicar su vivencia y lo que siente al respecto. Sin embargo, sigue siendo abstracta para sus interlocutores, ya que sus paradojas (como el hecho de que perder un hijo es algo común y no constituye un drama en sí mismo) les son tan extranjeras. La película no nos pide que las aprobemos, sino que entendamos que es así para estas mujeres de montaña en situación precaria, no una indiferencia o una ausencia de emoción, sino todo lo contrario, una forma de tomar la vida como es. Mediante su viaje, Fatem podrá unirse a las protestas de las mujeres, pero eso es otra historia.

Fue escuchando a estas mujeres que Sanaa Akroud escribió este escenario que interpreta y dirige al mismo tiempo. Aparte de estas entrevistas, lo hace con pocas palabras. Los planos secuencias de Wolfango Alfi responden a esta voluntad de dar cuentas del tiempo que requieren las acciones cotidianas. Contribuyen a la apertura de espíritu que pide esta película sin mensaje categórico, sino para invitarnos a comprender que una ambigüedad no es un límite sino una complejidad.

 

traducción : Marie Picaud

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Author: Olivier Barlet

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